Catalina

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Anoche antes de dormir, prendí una velita y recé por ti para que se hiciera tu voluntad. A las horas, mi papa me llamó y me dio esa noticia que ya esperaba pero para la cual nunca estuve realmente preparada.

Estaba en clases cuando me enteré, estuve unos segundos analizando lo sucedido, sentí como mi mirada se nublaba con lágrimas que no me atreví a dejar salir por no encontrarme sola.

Miles de recuerdos llegaron a mi mente, empezando por el día de las madres que viajé a verte, algo en mi me dijo que no podía suspenderlo por nada del mundo porque quizás sería la última vez que estuviese contigo… ahora veo que fue cierto. Recuerdo que no tenía mucho dinero, que el viaje me iba a dejar “corta” pero decidí hacerlo por ti, por verte sonreír, por estar contigo, por escucharte, por abrazarte.

Sé que no tuviste una vida fácil, viviste muchos desengaños y tristezas, pero a la vez se que las alegrías llegaron cuando mi mama y mis tíos entraron en tu vida, y después llegamos mi hermana y yo. Siempre fuiste una segunda mamá para ellos, y una segunda abuela para nosotras. Tengo grabada la imagen cuando me acompañaste a la playa como si hubiese sido ayer, tu sentada en la silla verde de playa, en tus pantalones grises y zapatos sin medias porque no querías que la gente viera tu cuerpo delgado maltratado por la quimio. Hablamos de muchas cosas, te conté de mi vida, de mis planes, te escuché paciente y tomé como norte tus consejos de esa tarde. Siempre me reiré al recordar como me dijiste “yo sabía que ese muchacho no era para ti, no estabas enamorada, se te veía en los ojos”.

Gracias por siempre escucharme, por cuidar de mi mamá y por aconsejar a mi abuela. Gracias por enseñarme lo que es ser una mujer fuerte a pesar de las tormentas, gracias por todos esos almuerzos en tu casa con carne guisada con zanahorias y papas que tanto me gusta, por siempre darme galletas y chocolates que mi Padrino escondía cada vez que ibamos a tu casa para que mi hermana y yo no nos los comiéramos todos. Gracias por esos vestidos que nos hiciste cuando eramos niñas.

Tus últimos años fueron pesados, lo sé. Luchando contra esa enfermedad, pero eso no dejo de mantenerte optimista. A tus 90 años estabas más lúcida que muchos de los que me rodean, espero que Dios me de vida para llegar a tu edad y poder ver crecer a mis hijos y a mis nietos como lo hiciste tu.

Ahora estoy sola aquí, rodeada de 4 paredes blancas, ningún cuadro adorna el lugar, en un ambiente regio y en cierta forma frio. No dejo de pensar en ti y en lo mucho que me gustaría en estar en casa y poder abrazar a mi abuela, eras la última hermana que le quedaba viva.

Estar lejos de casa es una mezcla muy fuerte de sentimientos, quería llorar en el tren pero me daba pena, no quería venir a trabajar, pero irme a casa hubiese sido peor. Aguante las ganas de llorar hasta que llegue a casa y así fue como me quede dormida, con las lágrimas mojando mi almohada.

Nunca dudes que te ame Madrina, por siempre te recordaré… por siempre serás, mi Catalina.

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